
29/03/2009
Movistar Arena
No había plata para ir, pero le había prometido a Francisco que ahí estaría.
Primero nos perdimos el 2×1 en la semana, porque fuimos a puntoticket y nos dijeron que ya no quedaban entradas. Viendo la hora y con un poco de ingenio deduje que no era cierto; eran pasadas las 8 de la tarde, los tipos tenían que cerrar pronto e irse a sus casas a descansar. Una mentira piadosa, aceptable, pero mentira al fin y al cabo; en http://www.puntoticket.cl vimos que quedaban entradas para todas las locaciones, sobre todo para la más barata, la nuestra.
Ese mismo domingo, el 29, nos conseguimos la tarjeta Ripley de PP y nos fuimos al Outlet a última hora (digamos a las 5 de la tarde); según M ahí vendían las entradas y confió en sus palabras incluso después de que le comenté que la Maca, vendedora del Plaza Oeste, nos había dicho que fuéramos directamente al Ripley de su lugar de trabajo; por supuesto que en el Outlet no vendían las entradas y tuvimos que redirigirnos al Plaza Oeste.
Esperar que pasara algún tipo de locomoción que nos dejara cerca fue lo difícil, las micros iban a cualquier lado inútil. No estuvimos tanto rato esperado cuando, ya resignados, tomamos un taxi que nos cobró bastante más de lo presupuestado, pero no quedaba otra (ellos lo saben y se aprovechan)
Finalmente llegamos al Ripley. En puntoticket, hicimos una fila corta, dos personas, un padre y su hijo; el padre invitaba al hijo al concierto de Kiss en el Estadio de la Florida y nosotros pensábamos que quién cresta, en su sano juicio, pagaría por ir a ver a Kiss; pobre niño, pensé mientras no lo veía para nada entusiasmado con la idea. PP se veía nervioso mientras manipulaba su tarjeta de grandes tiendas, ese día jugaba Chile contra Perú y debido al tiempo que nos tomó el trámite, no alcanzaría a hacer una previa que consistía en una preparación mental más que en otra cosa.
Salimos de allá cerca de las 6. Creo que el concierto comenzaba a las nueve, y nos recuerdo, a M y a mí, corriendo por Salvador Sanfuentes, cerca de las siete y media de la tarde, mientras Francisco me llamaba para preguntarme si es que íbamos o no. Sí vamos, ya no hay vuelta atrás, le decía empuñando el celular contra mi oreja derecha, corta de respiración y aún corriendo. Francisco me anunciaba que nos había reservado dos asientos y me daba las instrucciones exactas para llegar a tal ubicación sin perdernos. Intentamos llamar a Simón, pero no contestaba (más tarde nos diría que dejó su celular en Valparaíso).
Hicimos una parada corta en la pieza y nos fuimos al Movistar Arena. En Blanco compramos chocolates, papas fritas y bebidas en caso de que M tuviera una baja. Estábamos listos, era cosa de caminar hasta llegar y seguir las instrucciones correctamente.
No había tanta gente. Ubicamos rápidamente a Francisco y estuvimos escuchando el partido en mi pendrive. 1 – 3 fue el resultado. Chile le ganó a Perú allá y un gran porcentaje de los asistentes celebraron.
En Cancha VIP había poca gente y parecía nunca llenarse. Con Francisco comentamos lo lamentable que sería que Thurston se lanzara al público, como suele hacer, por un asunto de envidia más que nada.
Llegó el momento, no recuerdo qué hora era, para las bandas teloneras.
UN ASCO. Harto de ridiculez, peleas infantiles entre el público y la banda, cosas que no vale la pena recordar.
Cuando subió Sonic Youth me sentía demasiado sobria para estar viva, pero de todas formas pude cabecear. Recuerdo que abrieron con “Teenage Riot” y fue hermoso. Francisco llevó binoculares, los cuales, en algún momento de la noche, cambió por un pito. Fue bueno el pito, fue relajante. Tocaron varios de mis temas favoritos de Daydream Nation, pero no tocaron “Trilogy”. Estuve rezando desde que supe que venían a Chile (noticia que, vergonzosamente, recibí con lágrimas) por que tocaran esa canción. No la tocaron, viejos hijos de puta. En cambio, tocaron una de las canciones más grotescas de su carrera: “Incinerate”. Y toda la tropa de snobs que no escuchan ni Sonic Youth de los 90 hacia atrás ni punk, saltaron como señoritas esperando el ramo de la novia. En ese momento me senté, y sentí toda la platea alta retumbar en mis piernas. Pensé que no es posible, no en esta vida, que una canción buena provoque este tipo de reacciones en la gente. Y, claro, las canciones buenas, las canciones alucinantes, son recibidas discretamente por el público. Las canciones malas, básicas y desechos radioactivos de la fórmula pop, son coreadas y aplaudidas por estos energúmenos que van a Sonic Youth y que les gusta tanto el “ruido”.
Sé que sueno como la típica seudo-fanática yo-conozco-a-esta-banda-mejor-que-tú, pero sí, lo hago a propósito. Es cosa de gustos, y este es mi blog.
Durante el concierto, lo que me causó gracia, fue una conversación que recordé; una conversación con Naranjo que tuvimos con M, cuando M le contó que venía Sonic Youth a Chile. Naranjo dijo que seguramente no iba a ir, porque no creía que Sonic tocaría temas del Daydream Nation, o “Schizophrenia”. Recordé esto en el minuto exacto en que empezó a sonar “Schizophrenia” y se lo grité a M en el oído. Él asintió. Con Francisco contamos 5 canciones del Daydream Nation.
No recuerdo qué más tocaron; hubo temas nuevos, hubo bailes por parte de Kim Gordon y cruces de guitarra por parte de Thurston y Lee; lo típico. Ahora que lo recuerdo estoy un poco molesta, pero da lo mismo, la entrada estaba barata y después de todo, son Sonic Youth.
Al día siguiente recibí un correo del Guatón con el setlist del concierto, el correo decía: menos mal que no fuimos, no estuvo tan bueno.
Aunque yo sí fui, el Guatón sigue teniendo la razón.
Etiquetas: movistar arena, pepsi fest, sonic youth
20 agosto 2009 a las 9:21 pm |
Da cosa decirlo, pero el Guatón tiene la gruesa razón.
Oye, tengo un blog [compartido] nuevo que ataché a mis datos. Métete y sé mi fan.
Chau.
21 agosto 2009 a las 9:24 pm |
Tremendo.
Bajo Cul de Sac, right now!